martes, 19 de noviembre de 2013

4. Amigos, camaradas o enamorados.

El compañerismo o la camaradería constituyen unos de los tipos de relación humana que más fácilmente se pueden confundir con la amistad, por poseer con ella una serie de aspectos comunes. Etimológicamente, camarada es el que comparte un cuarto, la cámara común, el que acompaña a otro y come y vive con él[1]. De ahí, comenzó a designar el que comparte la suerte de otro y por extensión, el amigo. Sin embargo, el elemento de tarea y colaboración se destaca en la relación de camaradería (o de compañerismo) y le connota de modo tan esencial que razonadamente debemos diferenciarla de la relación de amistad. Con el amigo puede haber y, de hecho, hay muchas veces colaboración, pero la amistad se distingue en que ese compartir la tarea se realiza en función del afecto y no en razón de una obligación, tal como solemos entender que ocurre con el camarada o el compañero[2].

El camarada o el compañero manifiesta una relación que, generalmente, se encuadra dentro del campo institucional o en el seno de algún tipo de movimiento o agrupación colectiva (educativa, militar, política, deportiva, etc.). En su seno, efectivamente, surge un tipo de relación marcada por la persecución de unos objetivos comunes y en cuya dinámica de colaboración y solidaridad puede nacer la amistad. Pero no basta ser compañero o camarada, sentirse unido en un proyecto o en unos ideales comunes, para que la confidencia o el compromiso personal, característicos de la amistad, vean su nacimiento.

Es, sin embargo, la diferenciación entre la relación de amistad y la de enamoramiento la que mejor nos puede ayudar a captar lo más específico de la relación de amistad, dentro del conjunto de relaciones amorosas en las que participa el deseo[3].

El enamoramiento constituye un tipo de relación con un momento definido y que se presenta como siguiendo la ley del todo o nada. No caben grados, se está o no se está enamorado. Es además, una pasión y porque es pasión conlleva sufrimiento. Es éxtasis, pero es tormento también. La amistad, sin embargo, huye del sufrimiento y, cuando puede, lo evita. La persona amada -señala F. Alberoni-  ama algo que siempre permanece inasible porque su objeto es un devenir conjunto, un deber ser. Esta es la miseria del amor, que sólo puede exigir y no puede frenarse en su exigencia. El amor es sublime y miserable, heroico y estúpido, pero nunca justo. No se encuentra la justicia en el amor sino en la amistad [4].  El enamorado, como afirma, P. Lain Entralgo es un ente menesteroso e hiperbólico, porque su menester comporta una ambición orientada hacia el “todo” y, desde ahí, vive de una manera absorbente y exaltada la necesidad de comunión física y espiritual con la persona amada[5]. El enamoramiento, por lo demás, nace sin tener asegurada la reciprocidad, cosa que no sucede en la relación de amistad. Si el otro no lo desea, nuestro propio deseo de amistad se desvanece. No interesa ser amigo de quien no desea serlo de nosotros.

Pero lo que resulta más significativo en la diferenciación entre la relación de enamoramiento y la de amistad es el hecho de que la dinámica del primero está caracterizada por una natural tendencia a la posesividad. El enamorado, por ejemplo, desea saberlo todo de la persona amada, sus ideas y sus sentimientos. El amigo no necesita tanto. Acoge lo que se le ofrece con gratitud, pero sin exigencia. No experimenta esa necesidad de posesión que padece el enamorado. La libertad, que hemos visto como condición de la amistad, queda de alguna manera en entredicho dentro de la relación de enamoramiento. Por eso, el enamorado se siente celoso. Pero la amistad se preserva de tal tipo de sentimiento y si en ella hace presencia parece obligado sospechar que la relación encubre ya otro tipo de vinculación diferente a la que queremos denominar como amistad. La frontera entre este tipo de relación y el enamoramiento se desdibuja. Así acaece fácilmente, como sabemos, en las relaciones establecidas en el período de la adolescencia.

El enamoramiento se impregna de Eros y le permite expresarse sin dificultad. Busca la unión de los cuerpos como medio de borrar la distancia y la diferencia que nos constituye. La amistad, sin embargo, pretende cubrir la distancia que nos separa de otro modo diferente: mediante la participación en las ideas, los sentimientos, los proyectos comunes. Encuentra en la palabra, en el gesto y en el silencio participativo su medio de comunión. El encuentro íntimo que pretende no es ya de piel a piel, sino de “decir a decir”. Su confidencia, además,  la realiza envuelta en el pudor, evitando el exhibicionismo impúdico que pretende a su vez la devolución de la confidencia. El amigo, además, a diferencia del enamorado, es también pudoroso en la misma manifestación de su afecto por el otro. Como señala Alberoni a este respecto, los amigos no se dicen “qué bien lo pasamos juntos”. Los amantes sí. De ahí, que como también señala F. Alberoni, se dé con frecuencia ese fenómeno curioso de que al amigo, a quien le contamos nuestras emociones más secretas, no podemos decirle las que se relacionan con él[6]. No necesita ni aspira a la fusión que el erotismo y la genitalidad pretenden en la dinámica del enamoramiento. Por eso, también, aunque le agrada y agradece la presencia del otro, no la urge ni reprocha su ausencia.

Y sin embargo, a pesar de las evidentes diferencias existentes entre las dinámicas del enamoramiento y la de la amistad, éstas no nos pueden hacer olvidar que tanto una como otra se nutren de la misma corriente de fondo: el deseo como aspiración a una unión que alivie la carencia de base que nos constituye como seres separados. En ese tronco común del deseo encontró el psicoanálisis la fuente dinámica que alimenta la relación de amistad.




[1] El término, procedente del español y referido a los ámbitos militares, pasó a la lengua francesa como camarade. Una información sobre dicho término la encontramos en E. Littré, Dictionnaire de la Langue Française, Hachette, Paris 1863.
[2] Es cierto, que en el ámbito del trabajo y el esfuerzo compartido encontramos un terreno en el que, fácilmente, puede brotar la relación de amistad. Pero también es cierto, como anota y analiza P. Laín Entralgo, que esa relación de amistad en el espacio laboral encuentra fácilmente tres obstáculos considerables: la miseria, la rivalidad y la polarización laboral. Ibid. 309.
[3] En este sentido, la obra de Francesco Alberoni resulta particularmente clarificadora. Sus análisis sobre estos dos tipos de relación humana están realizados con una finura sorprendente en una rara combinación de sencillez, claridad y hondura Cf. además de la ya citada La amistad, Enamoramiento y amor, Gedisa, Barcelona 1985, El erotismo, Gedisa, Barcelona 1988; El vuelo nupcial, Gedisa, Barcelona 1992.
[4] Cf. F. Alberoni, La amistad, 15-17.
[5] Cf. Teoría y realidad del otro, Revista de Occidente, Madrid 1961, Vol. II, 208-219.
[6] Ibid. 116.

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