martes, 19 de noviembre de 2013

4. Amigos, camaradas o enamorados.

El compañerismo o la camaradería constituyen unos de los tipos de relación humana que más fácilmente se pueden confundir con la amistad, por poseer con ella una serie de aspectos comunes. Etimológicamente, camarada es el que comparte un cuarto, la cámara común, el que acompaña a otro y come y vive con él[1]. De ahí, comenzó a designar el que comparte la suerte de otro y por extensión, el amigo. Sin embargo, el elemento de tarea y colaboración se destaca en la relación de camaradería (o de compañerismo) y le connota de modo tan esencial que razonadamente debemos diferenciarla de la relación de amistad. Con el amigo puede haber y, de hecho, hay muchas veces colaboración, pero la amistad se distingue en que ese compartir la tarea se realiza en función del afecto y no en razón de una obligación, tal como solemos entender que ocurre con el camarada o el compañero[2].

El camarada o el compañero manifiesta una relación que, generalmente, se encuadra dentro del campo institucional o en el seno de algún tipo de movimiento o agrupación colectiva (educativa, militar, política, deportiva, etc.). En su seno, efectivamente, surge un tipo de relación marcada por la persecución de unos objetivos comunes y en cuya dinámica de colaboración y solidaridad puede nacer la amistad. Pero no basta ser compañero o camarada, sentirse unido en un proyecto o en unos ideales comunes, para que la confidencia o el compromiso personal, característicos de la amistad, vean su nacimiento.

Es, sin embargo, la diferenciación entre la relación de amistad y la de enamoramiento la que mejor nos puede ayudar a captar lo más específico de la relación de amistad, dentro del conjunto de relaciones amorosas en las que participa el deseo[3].

El enamoramiento constituye un tipo de relación con un momento definido y que se presenta como siguiendo la ley del todo o nada. No caben grados, se está o no se está enamorado. Es además, una pasión y porque es pasión conlleva sufrimiento. Es éxtasis, pero es tormento también. La amistad, sin embargo, huye del sufrimiento y, cuando puede, lo evita. La persona amada -señala F. Alberoni-  ama algo que siempre permanece inasible porque su objeto es un devenir conjunto, un deber ser. Esta es la miseria del amor, que sólo puede exigir y no puede frenarse en su exigencia. El amor es sublime y miserable, heroico y estúpido, pero nunca justo. No se encuentra la justicia en el amor sino en la amistad [4].  El enamorado, como afirma, P. Lain Entralgo es un ente menesteroso e hiperbólico, porque su menester comporta una ambición orientada hacia el “todo” y, desde ahí, vive de una manera absorbente y exaltada la necesidad de comunión física y espiritual con la persona amada[5]. El enamoramiento, por lo demás, nace sin tener asegurada la reciprocidad, cosa que no sucede en la relación de amistad. Si el otro no lo desea, nuestro propio deseo de amistad se desvanece. No interesa ser amigo de quien no desea serlo de nosotros.

Pero lo que resulta más significativo en la diferenciación entre la relación de enamoramiento y la de amistad es el hecho de que la dinámica del primero está caracterizada por una natural tendencia a la posesividad. El enamorado, por ejemplo, desea saberlo todo de la persona amada, sus ideas y sus sentimientos. El amigo no necesita tanto. Acoge lo que se le ofrece con gratitud, pero sin exigencia. No experimenta esa necesidad de posesión que padece el enamorado. La libertad, que hemos visto como condición de la amistad, queda de alguna manera en entredicho dentro de la relación de enamoramiento. Por eso, el enamorado se siente celoso. Pero la amistad se preserva de tal tipo de sentimiento y si en ella hace presencia parece obligado sospechar que la relación encubre ya otro tipo de vinculación diferente a la que queremos denominar como amistad. La frontera entre este tipo de relación y el enamoramiento se desdibuja. Así acaece fácilmente, como sabemos, en las relaciones establecidas en el período de la adolescencia.

El enamoramiento se impregna de Eros y le permite expresarse sin dificultad. Busca la unión de los cuerpos como medio de borrar la distancia y la diferencia que nos constituye. La amistad, sin embargo, pretende cubrir la distancia que nos separa de otro modo diferente: mediante la participación en las ideas, los sentimientos, los proyectos comunes. Encuentra en la palabra, en el gesto y en el silencio participativo su medio de comunión. El encuentro íntimo que pretende no es ya de piel a piel, sino de “decir a decir”. Su confidencia, además,  la realiza envuelta en el pudor, evitando el exhibicionismo impúdico que pretende a su vez la devolución de la confidencia. El amigo, además, a diferencia del enamorado, es también pudoroso en la misma manifestación de su afecto por el otro. Como señala Alberoni a este respecto, los amigos no se dicen “qué bien lo pasamos juntos”. Los amantes sí. De ahí, que como también señala F. Alberoni, se dé con frecuencia ese fenómeno curioso de que al amigo, a quien le contamos nuestras emociones más secretas, no podemos decirle las que se relacionan con él[6]. No necesita ni aspira a la fusión que el erotismo y la genitalidad pretenden en la dinámica del enamoramiento. Por eso, también, aunque le agrada y agradece la presencia del otro, no la urge ni reprocha su ausencia.

Y sin embargo, a pesar de las evidentes diferencias existentes entre las dinámicas del enamoramiento y la de la amistad, éstas no nos pueden hacer olvidar que tanto una como otra se nutren de la misma corriente de fondo: el deseo como aspiración a una unión que alivie la carencia de base que nos constituye como seres separados. En ese tronco común del deseo encontró el psicoanálisis la fuente dinámica que alimenta la relación de amistad.




[1] El término, procedente del español y referido a los ámbitos militares, pasó a la lengua francesa como camarade. Una información sobre dicho término la encontramos en E. Littré, Dictionnaire de la Langue Française, Hachette, Paris 1863.
[2] Es cierto, que en el ámbito del trabajo y el esfuerzo compartido encontramos un terreno en el que, fácilmente, puede brotar la relación de amistad. Pero también es cierto, como anota y analiza P. Laín Entralgo, que esa relación de amistad en el espacio laboral encuentra fácilmente tres obstáculos considerables: la miseria, la rivalidad y la polarización laboral. Ibid. 309.
[3] En este sentido, la obra de Francesco Alberoni resulta particularmente clarificadora. Sus análisis sobre estos dos tipos de relación humana están realizados con una finura sorprendente en una rara combinación de sencillez, claridad y hondura Cf. además de la ya citada La amistad, Enamoramiento y amor, Gedisa, Barcelona 1985, El erotismo, Gedisa, Barcelona 1988; El vuelo nupcial, Gedisa, Barcelona 1992.
[4] Cf. F. Alberoni, La amistad, 15-17.
[5] Cf. Teoría y realidad del otro, Revista de Occidente, Madrid 1961, Vol. II, 208-219.
[6] Ibid. 116.
En la medida en que una mujer pueda jugar más con partición, tendrá un deseo por fuera de los hijos, causando el deseo. De lo contrario se produce el ahogo, la asfixia en el niño. Algo de esto se juega en el asma, los médicos recomiendan a los que lo padecen ir a nadar, ¡claro! ¡A nadar! Para no ahogarse en el mar materno; mer en francés quiere decir mar y es homofónico con mère que significa madre. La madre tiene que ver con el mar, entonces, con el océano. (…) Del lado de una mujer queda acceder a su femineidad, atravesar lo que Lacan llamó "el odioamoramiento", ambivalencia del lazo preedípico con la madre. Si una mujer no lo atraviesa, si no se separa y rompe con ese desdoblamiento, no podrá acceder a su femineidad.

Marguerite Duras atraviesa este irreductible por y con la escritura; dice:
"Hoy no quiero a mi madre. Cuando hablo de ella, como ahora, me conmuevo. Pero tal vez me conmueve verme ante ella mi imagen. Al final de su vida, estaba tan separada de mí como yo de ella".
EL AMOR, UN RETORNO AL UNO NARCISISTA.

                                                                                       Si comienzo por el amor
                                                                                       Es que-por mas que lo nieguen-.
                                                                                       El amor es para todos
                                                                                       Lo más grande de la vida.
                                                                                                                  BAUDELAIRE



                                                   En este trabajo intentare realizar un recorrido posible sobre el amor en psicoanálisis, tomando como referencias los seminarios de Lacan, los textos de Allouch, Le Gaufey, Freud y Shopenhauer.
Tomare como ejes de pensamiento la transferencia, el Goce del Otro, el Otro sexo, la no relación sexual, el Uno del amor, el Narcisismo.
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Si de amor hablamos no por eso sabemos. Allí donde se sabe el amor desfallece.

Freud en su articulo “Observaciones sobre el amor de transferencia nos hace notar que el amor real no difiere del amor  de transferencia.
Freud en este artículo de 1915 distingue su práctica de cualquier vía moralizante.
Ante tal enamoramiento de la paciente por su analista, supone que, para aquél al que le son ajenos los principios del análisis, solo cabrían tres posibilidades: 1. Que ambos contraigan una unión legítima y duradera o 2. Separarse y abandonar la tarea emprendida o 3. mantener relaciones ilegítimas y pasajeras.
"Para la paciente surge una alternativa: o renuncia definitivamente al tratamiento analítico o ha de aceptar, como algo inevitable, un amor pasajero por el médico que la trate" (pág. OC, Biblioteca Nueva, T. 2)
Nuevamente indica sin eufemismos qué es aquello que no puede hacerse en la práctica analítica. Nos había dicho que era desatinado desentenderse de la transferencia y aquí lo enfatiza. Ahora bien, cuando la transferencia se presenta, cuando los demonios de la transferencia están allí, ¿qué hacer? Interrogarlos, nos dice, hacerlos hablar. La presencia del analista convoca al amor de transferencia. Esta convocatoria no admite otra respuesta que la interrogación haciendo hablar a ese amor, que la palabra permita un despliegue que hasta allí sólo es acto repetitivo
Supondría no haber atraído lo reprimido a la consciencia más que para reprimirlo de nuevo, atemorizados. Tampoco podemos hacernos ilusiones sobre el resultado de un tal procedimiento. Contra las pasiones, nada se consigue con razonamientos, por elocuentes que sean. La paciente no verá más que el desprecio, y no dejará de tomar venganza de él. (OC, Biblioteca Nueva, T. 2)
Este pasaje es propicio para la distinción que hace Lacan entre la transferencia imaginaria y la simbólica.
La presencia de este amor brinda la ocasión decisiva para instalar a la transferencia en el plano simbólico. Ella no se encuentra ahí espontáneamente. Se torna imprescindible una intervención del analista para posibilitar tal pasaje. De lo contrario, la transferencia no analizada encontrará respuestas imaginarias –en lo pasional de ese amor- frente a la ausencia del analista en su función. Es precisamente lo que sucede, en la situación mencionada, cuando el analista se desentiende de la transferencia y lleva a cabo un acto de rechazo. Cómo no ver en tal venganza el acting-out que denuncia que una interpretación no ha tenido lugar.
Nos guardamos de desviar a la paciente de su transferencia amorosa o disuadirla de ella, pero también, y con igual firmeza, de toda correspondencia. Conservamos la transferencia amorosa, pero la tratamos como algo irreal. (OC, Biblioteca Nueva)
¿Qué es eso de tratarla como algo irreal? ¿Cuál es la “naturaleza” del amor de transferencia?
Como se ve, se trata de una “posición especial” y no una naturaleza distinta. No hay entonces diferencia alguna entre el amor corriente y el amor de transferencia. Enumera esos rasgos: 1º) Es intensificado por la resistencia, 2º) Repite modelos infantiles y 3º) Es más imprudente.
Por mucho que estime el amor, ha de estimar más su labor de hacer franquear a la paciente un escalón decisivo de su vida.
Lacan para hablar sobre el amor toma diferentes discursos del Banquete de Platón pero en este trabajo no voy a introducir este recorrido para pensar el amor, solo diré que en la clase 12 del 1-3-61 del seminario VIII “La Transferencia” Lacan dice: que el deseo es el deseo del Otro, aquí esta el resorte del nacimiento del amor, es lo que sucede en ese objeto hacia el cual tenemos la mano por nuestro propio deseo, y en el momento en que nuestro deseo hace estallar su incendio, nos deja aparecer por un instante esta respuesta, esa otra mano que se tiende hacia nosotros como deseo.
Es en la medida en que Sócrates desea, el no lo sabe, y que es el deseo del Otro, es en esta medida en que Alcibíades es poseído, ¿Por qué? Por un amor que se puede decir que el único merito de Sócrates es designarlo como amor de transferencia, y remitirlo a su verdadero deseo.
Leyendo a Arthur Shopenhauer en su texto “El amor, las mujeres y la muerte”, realice un recorte para pensar el amor desde sus concepciones de la  conservación de la especie, la ilusión y el narsicismo, y remarcar toda la influencia ejercida en el pensamiento Freudiano aunque no me detendré en este aspecto.
Shopenhauer dice: …toda inclinación tierna sumerge sus raíces en el instinto natural de los sexos, este instinto es especializado, determinado, individualizado por completos solo se trata de que cada macho se ayunte a su hembra, por que tal futileza ha de representar un papel tan importante e introducir de continuo el trastorno y el desarreglo en la bien ordenada vida de los individuos? Se trata nada menos de la combinación de la generación próxima. De la especial constitución de la humanidad futura.En este caso alcanza su más alto poderío la voluntad individual, que se transforma en voluntad de la especie instinto del amor subjetivo ilusiona por completo a la conciencia y sabe muy bien ponerse el antifaz de una admiración objetiva. El amor no se contenta con un sentimiento reciproco, sino que exige la posesión mismo, lo esencial, es decir el goce físico. El que cierto hijo sea engendrado ese es el fin único y verdadero de toda novela de amor, aunque los enamorados no lo sospechen. Se trata de satisfacer ese instinto llamado amor, es la voluntad de vivir del nuevo individuo que los amantes pueden y desean engendrar.La pasión es implícitamente lo que la individualidad es explícitamente. El egoísmo tiene en cada hombre raíces tan hondas, que los motivos egoístas son los únicos con que puede contarse  para excitar la actividad de un ser individual. La especie tiene sobre el individuo un derecho anterior sobre lo individualidad. El individuo se hace esclavo inconsciente de la naturaleza en el momento que solo cree obedecer a sus propios deseos.Esta ilusión no es mas que el instinto, representa el sentido de la especie, los intereses de la especie ante la voluntad.
Relacionando lo que Shopenhauer decía, podemos leer en Lacan “Eres exactamente mi tipo de mujer, de hombre. Cada uno tiene el original de su belleza, cuya copia busca en el gran mundo.
En relación a la transferencia Lacan dice en “Amor Lacan”, de  Jean Allouch…si en efecto la transferencia es amor, si hay un matema de la transferencia, dicho matema seria el también un matema de amor. En el análisis alguien se dirige a otro supuesto saber. Desde donde? Dado que se trata de un sujeto, se dirige desde un significante. Se trata de un significante a la espera de una simbolización, por lo tanto se trata de un signo. Si la transferencia es el amor, porque el amor no figura aquí?.
Aparece la función de Agalma, del sujeto supuesto saber. El analista debe ser colocado en posición de sujeto supuesto saber y de objeto amado, no hay ninguna necesidad de inscribir al amor en el algoritmo de la transferencia.
Freud había incorporado la importancia del amor en si mismo. Lacan con el estadio del espejo puede decir en su conferencia de Bruselas: …me amo a mi mismo en tanto me desconozco de manera esencial. Solo amo a otro. Esa característica narsicista hace del amor un engaño. Saber del engaño del amor. Un si mismo que no es el. El sabe que el engaño del amor se encuentra en otro parte y no en el amante.
Volviendo a la transferencia dicho amor es reconocido como amor verdadero. ¿Qué es entonces el amor verdadero que puede ser producido automáticamente así por el dispositivo analítico?
En los Escritos Técnicos (Pág. 173) Lacan dice: …Igualmente la cuestión del amor de transferencia ha estado ligada a la elaboración analítica de la noción de amor. No se trata de amor en tanto que Eros, sino del amor-pasión, tal como es vivido por el sujeto concretamente, como una suerte de catástrofe psicológica. Lacan reconoce el carácter verídico del amor de transferencia, de los Escritos Técnicos de Freud retiene el carácter narsicista del amor, el cual al existir su ternario S.I.R, sitúa al amor en el imaginario. El amor es un fenómeno que ocurre a nivel de lo imaginario y que provoca una verdadera subducción de lo simbólico…. (Pág. 215 Ob. citada). El símbolo pasa debajo de lo imaginario cuando el fenómeno amoroso ocurre en lo imaginario.
El vinculo entre el amor y la transferencia se encuentra en el valor de la palabra, el amor hace retornar al deseo “verbalizado”. En el análisis el punto donde se focaliza la identificación del sujeto a nivel de la imagen narsicista es lo que llamamos la transferencia. Al dejar flotar la palabra del analizante, es pues la propia regla fundamental la que convoca ciertas imágenes captadoras en la base del yo del sujeto y desde el estadio del espejo se da una relación imaginaria con si mismo. No hay que olvidar mencionar que el yo del psicoanalista es borrado.
Lacan habla de un más allá puramente erótico y hace referencia al acto sexual. Coger como cortacircuito fisiológico no es aquello a lo que apunta el amor, ni lo que el amor alcanza. Cual es entonces ese más allá propiamente erótico? Que mas allá de coger pondría en la mira y alcanzaría al amor? La institución de la falta es ubicada aquí en relación con el objeto, ella tiene un lugar no en relación al sujeto amante sino en el otro. Lo que es amado en un ser esta mas allá de lo que es, a saber lo que le falta. No hay mayor don posible, mayor signo de amor, que el don de lo que no se tiene. El mayor signo/don del amor, representa algo para alguien, que? El falo, el mismo tomado como un signo. Se desea con el significante, se ama con signos. El don del falo es inseparable del don de la nada. Del falo como signo al falo como símbolo en el sentido de ausencia del objeto.
Lacan introduce el falo en el gran tema del amor y el deseo.En el Seminario “La Transferencia” dice: ¿Como puede el amor de transferencia ser la vía por la cual el analizante encontraría lo que le falta o sea su deseo? El efecto de la aparición del falo en la subjetivacion aporta la discriminación entre el amor y el deseo. Es a partir de esta dialéctica falica que se abre la distinción entre el ser y el tener. El falo es un significante pero también un signo de la falta de significante en el Otro. El falo es una presencia real.
El falo aparece como el único significante que merece el titulo de símbolo, pero no podría nombrarse ni como signo, ni como significante ni como símbolo.
AMOR ES UNA CUESTION DE SER Y DESEAR ES UNA CUESTION DE TENER.
Para el deseo poseer al objeto seria destruirlo. Aquí se me impone una pregunta ¿ES EL AMOR EL FANTASMA QUE PROTEGE AL SER DEL DESEO MORTUORIO?
Marguerite Duras en uno de los párrafos de su novela El Amante dice…a veces su rostro temblaba, cerraba los ojos y apretaba sus dientes. Pero nunca decía nada referente a las imágenes que veía detrás de sus ojos cerrados. Hubiera dicho que amaba ese dolor, que lo amaba como me había amado, muy intensamente, quizás hasta morir, y que ahora lo prefería a mi.
En otro segmento dice:…abocados los dos a la difamación debido a la naturaleza del cuerpo que poseen, acariciado por los amantes, besado por sus bocas, entregados a la infamia del goce hasta morir, dicen, hasta morir de ese amor misterioso de los amantes sin amor.
Siguiendo los pasos de la frase “El amor es dar lo que no se tiene a aquel que no es”. Amar es hacerse sujeto de la falta, es dar el objeto a, dar lo que no se tiene, y sin embargo se es.
Volverse amante seria tener el objeto a como un instrumento. En el amor el amante hace eso de si mismo, de su propio ser, en la medida en que este ser es el objeto a.
El carácter narcisista del amor da cuenta que el deseo no concierne al sujeto amado. El deseo es una clave esencial en el amor, pero su objeto no es el amado, pues el amor esta ubicado en el plano narcisistas solo el amor permite al goce condescender al deseo. El amor tiene un andamiaje narcisista el objeto a hace del amor un engaño.
A partir de aquí me centrare en la siguiente pregunta: ¿Es el amor una suplencia ante la falta de la no relación sexual?
La imposibilidad de la existencia de la proporción sexual, pone a prueba el amor en la pareja. No hay relación sexual porque la relación sexual en el parletre es fálica y fálica quiere decir que cada uno se dirige al otro a través de su fantasma. Además, es imposible lograr el goce que anhelamos, siempre habrá una desproporción. Para remediar esto, surge como contingencia el amor.
Son dos que se aman,  además se desean y buscan goce. Una vez realizado el encuentro amoroso, el objeto de deseo deja de deslizar, algo específico del amor lo retiene. El amor ofrece al deseo su objeto imaginario taponando el hueco del deseo.
El amor lleva al sujeto al semblante y tiende el señuelo para que el sujeto tenga la ilusión de alcanzar el objeto. Sólo por amor, ese engaño recíproco entre el sujeto y el Otro, se sostiene el movimiento deseante a pesar de las decepciones que actualizan la Castración.
Lacan dice: “EL GOCE DEL OTRO, DEL OTRO CON A  MAYUSCULA, DEL CUERPO DEL OTRO QUE LO SIMBOLIZA, NO ES EL SIGNO DEL AMOR.” Así introduce la primera diferencia entre el goce y el amor.Si el goce del Otro fuera el signo del amor, seria en tanto que goce útil para algo, o sea para el amor. Pero como tal el goce no sirve para nada. Dos seres abandonados a su inspiración dejan todo su lugar al goce del otro, sin por ello esperar que se goce sea signo del amor.
Ante la pregunta sobre el amor... ¿HAY UNA RESPUESTA POSIBLE?
La respuesta al amor es el amor, hay un imposible un real. El Goce del Otro sigue siendo una respuesta posible al amor. Se vuelve al carácter narcisista del amor. El amor es narcisista en la medida que ese narcisismo es sustentado por el deseo de ser uno.
En la sesión de Aun del 19-12-72 Lacan dice: “No somos mas que uno, cada uno sabe, seguramente, que nunca ocurrió que entre dos no hagan mas que uno, es de ahí que parte esa idea del amor, es la forma mas grosera de dar a ese termino que se escapa manifiestamente de la relación sexual, su significado. Aparece el amor como la fractura de la no relación sexual. La impotencia del amor por mas que este sea reciproco da cuenta de esa ignorancia de ser el deseo de ser uno y esto nos conduce a la imposibilidad de establecer la relación de ellos, de los dos sexos.
El Otro luego de haber sido cuerpo adviene como sexo. El Otro Sexo debe entenderse como el Otro hecho sexo. Si el Otro es Otro sexo, ¿como va a jugar en la relación sexual? ¿En torno a que se realiza la relación sexual? En torno al FALO.
Allí donde no hay relación sexual, de allí partirá el amor como hacer Uno. ¿Para que sirve esta ilusión? Para la reproducción de los cuerpos. Es esto a lo que se refería Shopenhauer?
Concluyendo…El Hay del Uno, se lo debemos al narcisismo, el nunca salirse de si mismo.
EL AMOR APUNTA AL SER. EL AMOR ES NARCISISTA, PORQUE NO HAY OTRO SOPORTE QUE DARLE AL TERMINO DE SER.

















BIBLIOGRAFIA.

Jean Allouch
“El amor Lacan” Bs. As. El Cuenco de Plata, 2011.
“Contra la eternidad”. Ogawa, Mallarme, Lacan. Bs. As, El Cuenco de Plata, 2009
Guy Le Gaufey “El Sujeto según Lacan”. Bs. As, El Cuenco de Plata, 2010.
Jacques Lacan.
Seminario I  “Los escritos técnicos de Freud” Bs. As, Paidos, 2010.
Seminario VIII “La Transferencia”. Bs. As, Paidos, Paidos, 2011.
Seminario XX  “Aun”. Bs. As, Paidos, 2004.
Sigmund Freud
“Introducción al Narcisismo”. Tomo II. Cap: LXXXVII.  Biblioteca Nueva.
“Observaciones sobre el amor de transferencia”. Tomo II. Cap: LXIV. Biblioteca Nueva.
“Sobre una degradación general de la vida erótica”. Tomo II. Cap: LXVII. Biblioteca Nueva.
Marguerite Duras. “El Amante”. Bs. As, Tusquets Editores, 2009.
Arthur Shopenhauer. “El amor, las mujeres y la muerte”.C.S. Ediciones, Bs. As, 1998.












domingo, 17 de noviembre de 2013

Errancia



la luz filtra un aire feliz de domingo.

verdor penetrante que impregna el humor.

palabras sinceras ajustan la voz

que intenta decires falaces.


miro sin ver admirando paisajes

que acompañan sensaciones

que resuenan al remar


quizás la bondad exista sin mas
quizás la lontananza de espíritu lejano
invite a seguir

agudos palpitares sedientos de piel
entregan cuerpos aletargados de hambre,
una entrega voraz de incautos
erran.

viernes, 15 de noviembre de 2013


La pasión de la mirada





Por Enrique Carpintero - Publicado en Febrero 2013


Para entender lo que queremos decir cuando se habla de pasión voy a seguir el pensamiento del filósofo Baruch Spinoza y la trataré de articular con algunos aspectos de la teoría freudiana.


Freud establece que el sujeto está sobredeterminado por el deseo inconsciente. La pasión es la realización de ese deseo. El deseo es un fenómeno de la pasión y su finalidad.


Para Spinoza el ser humano tiene dos pasiones fundamentales: la alegría que es la pasión por la cual el alma pasa a una mayor perfección y la tristeza que es la pasión por la cual el alma pasa a una perfección menor. La alegría es cuando experimentamos una expansión de nuestra potencia de vida. La definimos como placer y el afecto propio de la alegría muda en amor. La tristeza es la depresión que experimentamos cuando nuestra potencia de vida se encuentra disminuida. La podemos definir como dolor o melancolía y el afecto propio de la tristeza troca en odio. Pero no creamos que la pasiones en el ser humano son simples y puras están compuestas por alegrías y tristezas, amores y odios en donde siempre hay una afección más poderosa que la otra.


En este sentido pienso la pasión no solo como constitutiva del ser humano sino como principio de toda comunidad y sociedad relacionando la misma con la creatividad y la acción. Es decir la pasión se pone en juego en la acción.


“En el comienzo era el Verbo” así empieza el evangelio de San Juan. La pregunta que se hace el Fausto de Goethe es ¿ Que puede traducirse como Verbo ? ¿ Con qué palabra definiríamos el Logos ?. La traducción sería Razón, Lenguaje, Palabra. Fausto no rechaza ninguna de estas traducciones pero no le alcanza para traducir adecuadamente el término Logos. Finalmente encuentra la palabra: Acción. En el principio era la Acción. No es que Logos no sea expresable en términos de Razón, Pensamiento y Lenguaje. Lo que ocurre es que estos se expresan en la Acción.


También para Spinoza Logos es Acción. Si entendemos la filosofía spinoziana que se construye como un sistema, Dios que es denominado en la “Etica” como sustancia no conoce y luego actúa. Conoce obrando y obra conociendo de manera que, conocer es hacer y hacer es conocer.


En esta acción donde ponemos en juego nuestro cuerpo se plantea la cuestión de la ética. El esfuerzo ético para Spínoza consiste en transformar las pasiones tristes en pasiones alegres. Mientras padecemos somos cautivos de las pasiones tristes y, de esta forma, carecemos de libertad y autonomía. Pero no luchamos contra las pasiones tristes con la Razón sino con la fuerza de la pasiones alegres con las cuales transformamos la Razón en una razón apasionada. Es decir en acción. Pero ya no una acción dirigida por el odio sino por el amor, la solidaridad, el reconocimiento del otro y, por lo tanto, de uno mismo como persona.


Spinoza plantea la unidad en el Pensamiento del mundo de las ideas y de la voluntad. Por ello la acción y la razón son consecuencia de la acción.


Llegados a este punto de la exposición definamos algunas características de la pasión. Podemos decir que es algo que el alma padece o sufre. Es algo que toma posesión del sujeto. En el sentido de “posesión demoniaca”. Por ello es algo que insiste en pura repetición de si misma. Por último, la pasión compromete al sujeto fundándolo y enajenándolo al mismo tiempo.


Estas particularidades nos llevan a afirmar que el sujeto se constituye a partir del trabajo de la pasión que se manifiesta en repeticiones. En este sentido a la vez que lo funda en tanto sujeto lo enajena al dominarlo y dirigirlo. Freud llama a esta instancia “demoniaca” que está en el sujeto a modo de un automatismo “compulsión a la repetición”. Esta define la pulsión de muerte en contraposición con la pulsión de vida. La cual debe domeñar a la pulsión de muerte y ponerla al servicio de la vida.


La pasión es algo que el sujeto padece. De esta manera podemos decir que cada uno tenemos nuestra propia pasión. Lo que nos lleva al destino inexorable del ser humano: su finitud.


Freud ejemplifica lo que vengo afirmando en un texto llamado “El motivo de elección del cofre”. En él encara directamente la problemática de la muerte a través del mito de las Moiras, las diosas de la muerte. Allí describe una escena de la obra de Shakespeare, “El mercader de Venecia”, donde la hermosa Porcia debe tomar esposo a aquel que elija entre tres cofres el que encierra su retrato. Uno es de oro, otro es de plata y el tercero de plomo. Aquellos que elijen los dos primeros se equivocan. Bassanio, que debe elegir el tercero, gana así a la novia, aunque no sabe como justificar la elección del cofre de plomo. Freud, luego de hacer referencias a otras historias y mitos donde también se plantea elegir, ya no entre tres cofres sino entre tres mujeres -y cuya suerte siempre recae en la tercera-, establece que esta elección está hablando de un desplazamiento en las diosas de la muerte, constituidas por las tres hermanas del destino denominadas las Moiras, Parcas o Nornas, de las cuales la tercera se llama Atrophos, lo inexorable.


Por ello Freud llega a la siguiente conclusión: “La creación de las Moiras es el resultado de una intelección que advierte al ser humano que también él es parte de la naturaleza, y por eso está sometido a la inexorable ley de la muerte. Contra este sometimiento algo tenía que rebelarse en el hombre, quién sólo a disgusto extremo renuncia a su excepcionalidad. Sabemos que usa la actividad de la fantasía para satisfacer sus deseos insatisfechos por la realidad. Y su fantasía, pues se sublevó contra la intelección encarnada en el mito de las Moiras y creó el otro, de él derivado, en que la diosa de la muerte es sustituida por la diosa del amor y por tanto cuanto equivalga a esta en plasmaciones humanas. La tercera de las hermanas ya no es la muerte ; es la más hermosa, es la mejor, la más apecetible y amable de las mujeres”.


De esta modo la elección ocupó el lugar de la necesidad. Así el ser humano ilusoriamente vence a la muerte : uno elige donde en la realidad debe obedecer a la compulsión, el destino. En este sentido no elige a lo más temible sino a la más hermosa y deseable.


Por ello la condición pasional del ser humano nos habla de su finitud. Uno no es dueño de sus pasiones, dominarlas equivale a desaparecer como sujeto. Dejarse llevar por ellas a la locura y la muerte. La única posibilidad es no ser libre de las pasiones sino ser libre en las pasiones.


Luego de este recorrido tratando de delimitar el lugar que ocupa la pasión en la constitución del sujeto la pregunta sería ¿Por qué la mirada convoca a la pasión? Desde el psicoanálisis sabemos que ver y mirar no es lo mismo. Si los ojos tienen la función de ver (desde el punto de vista tópico corresponde a lo preconsciente) la mirada lleva la marca del deseo inconsciente. Esto lo podemos ejemplificar en el proceso de enamoramiento. En él lo que vamos a encontrar son los bellos ojos del amante que no son ojos ciegos sino ojos que miran. La enamorada mira la mirada de él, mira esos bellos ojos en tanto son ojos que miran. Lo que ve el sujeto enamorado es pues otro sujeto que a su vez mira, es decir se expresa. No se ama una forma o un objeto sino una demanda que es a su vez una respuesta. En esa visión del otro, en esa visión de la visión que el otro tiene de uno mismo, en ese regreso hacia sí que catapulta un nuevo progreso hacia el otro, se halla el verdadero punto de partida de un conocimiento pasional. Este verdadero conocimiento de la pasión son unos ojos que miran esos ojos y no por razón que lo mirán a él sino porque al mirarle se expresan y es en esa expresión lo que hace que el sujeto ame y se apasione.


Por ello decía el poeta Antonio Machado “Mis ojos en el espejo/ son ojos ciegos que miran/ los ojos con los que veo”. Es en este proceso donde el sujeto se funda y a la vez se enajena en la pasión permitiendo que, las pasiones alegres triunfen sobre las pasiones tristes, el amor sobre el odio.


Nada más.






*Exposición realizada durante un curso realizado en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Mar del Plata.