lunes, 17 de febrero de 2014

Un corazón de naturaleza diáfana corre frente a mi escurridizo, latiendo con sonoridad vivaz. Blancura huidiza esconde su frescura de nitidez escalofriante. Vive plena de luz ante la indiferencia mundana que no sabe de ella. Piedras húmedas de sopor tenaz afrontan golpes eternos de aguas clamorosas de sol. Infinitos ruidos aclaman miradas sordas. Vientos y pájaros juguetean con la brisa encadenada que sigilosamente se abraza con las nubes. Inclemencias de tranquilidad arrullan silencios misteriosos. Parajes llenos de luz penetran mi piel que tiembla dichosamente. Puedo nacer cada vez que mi mirada se encuentra con esta tierra voraz. Mi nacimiento es cierto, soy aquí entre montañas eclipsadas en la nada llena de todo. No soy la misma después de de esta explosión de sentidos adormecidos por la rutina agobiante que estrepitosamente invade mi verdad. 8/2 Quizás mi mirada no comprenda... Quizás este tiempo logre eternizarse... Quizás la arrogancia de la memoria recupere. Ímpetus de sentires vuelan sin rumbo, lejanía que acerca. Espacios secos afianzan una existencia efímera que resiste la humillante verdad de lo perdido. Tanta vida acontece mortandades de placer que lentamente nos susurran finales.r Verdores fugaces se mecen al ritmo del viento, mariposas invasoras desean usurpar espacios libres de presencias tóxicas. Libertad sin ley. Ilegalidades pasionales en movimiento de espera. Inconmensurables silencios permiten un sentir ruidoso. Mi piel no aguanta esta pérdida. Esta vid fiel sabe acompañar esta cadencia sin sentido, de rumbo incierto, de fertilidades agobiantes. Un sabor a tierra impregna mi boca sedienta de placeres húmedos. Un ave le dice a mis ojos que escapé hacia la nada para poder ver... Verdad oscura entre tenues luces que encandilan mentiras. Soy feliz buscando su huella entre sábanas sucias de goce intenso. Orgasmicas pieles dibujan gritos de saciedad intensa. Ruidos de cuerpo se encuentran en un aire viciado de placer.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Traidoras certidumbres hacen trizas mis huellas.
Debo traicionar mi anecdotario de placeres efímeros.
tiempos de desmonte de piel.
Oscuros callejones que devuelven al mismo lugar.
tiranas fantasías sepultan mi cuerpo a la deriva.
Que haré al morir sin las palabras.
la habilidad de la razón es su inhabilidad para el goce profundo del sinsentido.
Peldaños cuesta arriba de un amanecer de mansedumbre, arrodillan mi cuerpo sediento de impensares.
cobro fuerzas socavadas de un espacio que no cuenta con saberes.
soy aquello perdido.

lunes, 9 de diciembre de 2013



Vida y muerte conviven en un suspiro.

Anarquica verdad de muerte que juzga nuestros pasos.

Recuerdos en procesión reviven animas etéreas, rozagantes de vivencias.

La amargura de lo efímero nos sorprende al alba.

Vida solo nombrable en el dolor de saberse finito.

Eternidad indeseable de seres con ganas de morir.

lunes, 2 de diciembre de 2013

El mito de la juventud
Juventud se había dormido a un costado de su cuerpo. Despertaba cada tanto por sacudidas de recuerdos que solo provocaban nostalgia.
Un día se adormeció a orillas de un rio, su tibia playa la envolvió y se la llevo en sueños.
Un momento de encanto azoto sus ideas, no venían de ella sino del agua. Si de las aguas de la vida. Aguas sedientas de tormentosas ganas, placer y alegría.
Soñó durante días que unas sirenas venían a verla para jugar a ser libre. Juventud dudo de la realidad pero se entrego a las aguas danzantes. El mecedor movimiento del baile la llevo al lecho donde las sirenas parlotean, jueguen y fantasean su mundo. Percibió que la realidad es solo una manera de mirar y alejándose de prejuicios, inhibiciones y ataduras…volvió a sentir.
Los momentos de juventud  no había pasado, solo el tiempo tirano en su transcurrir la estaba engañando, pues ella estaba allí, intacta, plena, bravía. Presta a guerrear para seguir los pasos de la pasión.
También descubrió que las sirenas aman a los hombres y sienten tanto, que su encanto las traiciona. Quieren más y más y más y mueren al lado de ellos de tanto sentir. Cada vez que un hombre muere el peso de su partida las pone más intensas y su dolor las apasiona en exceso.
Por eso la juventud de las sirenas es permanente, cuando emergen se apasionan hasta la muerte, sin morir. La juventud no muere, permanece en la pasión más allá del transcurrir.
Finalmente juventud despertó con un nuevo saber… Solo la pasión estimula nuestros sentidos verdaderamente, matando la muerte de un tiempo que engaña en la imagen de un cuerpo que tapa al ser, más allá y más acá de la piel. La piel de un ser no es solo cuerpo. El ser es lo que sueña, fantasea y dice.
Ahora juventud sabe que no debe dormirse demasiado.



martes, 19 de noviembre de 2013

4. Amigos, camaradas o enamorados.

El compañerismo o la camaradería constituyen unos de los tipos de relación humana que más fácilmente se pueden confundir con la amistad, por poseer con ella una serie de aspectos comunes. Etimológicamente, camarada es el que comparte un cuarto, la cámara común, el que acompaña a otro y come y vive con él[1]. De ahí, comenzó a designar el que comparte la suerte de otro y por extensión, el amigo. Sin embargo, el elemento de tarea y colaboración se destaca en la relación de camaradería (o de compañerismo) y le connota de modo tan esencial que razonadamente debemos diferenciarla de la relación de amistad. Con el amigo puede haber y, de hecho, hay muchas veces colaboración, pero la amistad se distingue en que ese compartir la tarea se realiza en función del afecto y no en razón de una obligación, tal como solemos entender que ocurre con el camarada o el compañero[2].

El camarada o el compañero manifiesta una relación que, generalmente, se encuadra dentro del campo institucional o en el seno de algún tipo de movimiento o agrupación colectiva (educativa, militar, política, deportiva, etc.). En su seno, efectivamente, surge un tipo de relación marcada por la persecución de unos objetivos comunes y en cuya dinámica de colaboración y solidaridad puede nacer la amistad. Pero no basta ser compañero o camarada, sentirse unido en un proyecto o en unos ideales comunes, para que la confidencia o el compromiso personal, característicos de la amistad, vean su nacimiento.

Es, sin embargo, la diferenciación entre la relación de amistad y la de enamoramiento la que mejor nos puede ayudar a captar lo más específico de la relación de amistad, dentro del conjunto de relaciones amorosas en las que participa el deseo[3].

El enamoramiento constituye un tipo de relación con un momento definido y que se presenta como siguiendo la ley del todo o nada. No caben grados, se está o no se está enamorado. Es además, una pasión y porque es pasión conlleva sufrimiento. Es éxtasis, pero es tormento también. La amistad, sin embargo, huye del sufrimiento y, cuando puede, lo evita. La persona amada -señala F. Alberoni-  ama algo que siempre permanece inasible porque su objeto es un devenir conjunto, un deber ser. Esta es la miseria del amor, que sólo puede exigir y no puede frenarse en su exigencia. El amor es sublime y miserable, heroico y estúpido, pero nunca justo. No se encuentra la justicia en el amor sino en la amistad [4].  El enamorado, como afirma, P. Lain Entralgo es un ente menesteroso e hiperbólico, porque su menester comporta una ambición orientada hacia el “todo” y, desde ahí, vive de una manera absorbente y exaltada la necesidad de comunión física y espiritual con la persona amada[5]. El enamoramiento, por lo demás, nace sin tener asegurada la reciprocidad, cosa que no sucede en la relación de amistad. Si el otro no lo desea, nuestro propio deseo de amistad se desvanece. No interesa ser amigo de quien no desea serlo de nosotros.

Pero lo que resulta más significativo en la diferenciación entre la relación de enamoramiento y la de amistad es el hecho de que la dinámica del primero está caracterizada por una natural tendencia a la posesividad. El enamorado, por ejemplo, desea saberlo todo de la persona amada, sus ideas y sus sentimientos. El amigo no necesita tanto. Acoge lo que se le ofrece con gratitud, pero sin exigencia. No experimenta esa necesidad de posesión que padece el enamorado. La libertad, que hemos visto como condición de la amistad, queda de alguna manera en entredicho dentro de la relación de enamoramiento. Por eso, el enamorado se siente celoso. Pero la amistad se preserva de tal tipo de sentimiento y si en ella hace presencia parece obligado sospechar que la relación encubre ya otro tipo de vinculación diferente a la que queremos denominar como amistad. La frontera entre este tipo de relación y el enamoramiento se desdibuja. Así acaece fácilmente, como sabemos, en las relaciones establecidas en el período de la adolescencia.

El enamoramiento se impregna de Eros y le permite expresarse sin dificultad. Busca la unión de los cuerpos como medio de borrar la distancia y la diferencia que nos constituye. La amistad, sin embargo, pretende cubrir la distancia que nos separa de otro modo diferente: mediante la participación en las ideas, los sentimientos, los proyectos comunes. Encuentra en la palabra, en el gesto y en el silencio participativo su medio de comunión. El encuentro íntimo que pretende no es ya de piel a piel, sino de “decir a decir”. Su confidencia, además,  la realiza envuelta en el pudor, evitando el exhibicionismo impúdico que pretende a su vez la devolución de la confidencia. El amigo, además, a diferencia del enamorado, es también pudoroso en la misma manifestación de su afecto por el otro. Como señala Alberoni a este respecto, los amigos no se dicen “qué bien lo pasamos juntos”. Los amantes sí. De ahí, que como también señala F. Alberoni, se dé con frecuencia ese fenómeno curioso de que al amigo, a quien le contamos nuestras emociones más secretas, no podemos decirle las que se relacionan con él[6]. No necesita ni aspira a la fusión que el erotismo y la genitalidad pretenden en la dinámica del enamoramiento. Por eso, también, aunque le agrada y agradece la presencia del otro, no la urge ni reprocha su ausencia.

Y sin embargo, a pesar de las evidentes diferencias existentes entre las dinámicas del enamoramiento y la de la amistad, éstas no nos pueden hacer olvidar que tanto una como otra se nutren de la misma corriente de fondo: el deseo como aspiración a una unión que alivie la carencia de base que nos constituye como seres separados. En ese tronco común del deseo encontró el psicoanálisis la fuente dinámica que alimenta la relación de amistad.




[1] El término, procedente del español y referido a los ámbitos militares, pasó a la lengua francesa como camarade. Una información sobre dicho término la encontramos en E. Littré, Dictionnaire de la Langue Française, Hachette, Paris 1863.
[2] Es cierto, que en el ámbito del trabajo y el esfuerzo compartido encontramos un terreno en el que, fácilmente, puede brotar la relación de amistad. Pero también es cierto, como anota y analiza P. Laín Entralgo, que esa relación de amistad en el espacio laboral encuentra fácilmente tres obstáculos considerables: la miseria, la rivalidad y la polarización laboral. Ibid. 309.
[3] En este sentido, la obra de Francesco Alberoni resulta particularmente clarificadora. Sus análisis sobre estos dos tipos de relación humana están realizados con una finura sorprendente en una rara combinación de sencillez, claridad y hondura Cf. además de la ya citada La amistad, Enamoramiento y amor, Gedisa, Barcelona 1985, El erotismo, Gedisa, Barcelona 1988; El vuelo nupcial, Gedisa, Barcelona 1992.
[4] Cf. F. Alberoni, La amistad, 15-17.
[5] Cf. Teoría y realidad del otro, Revista de Occidente, Madrid 1961, Vol. II, 208-219.
[6] Ibid. 116.
En la medida en que una mujer pueda jugar más con partición, tendrá un deseo por fuera de los hijos, causando el deseo. De lo contrario se produce el ahogo, la asfixia en el niño. Algo de esto se juega en el asma, los médicos recomiendan a los que lo padecen ir a nadar, ¡claro! ¡A nadar! Para no ahogarse en el mar materno; mer en francés quiere decir mar y es homofónico con mère que significa madre. La madre tiene que ver con el mar, entonces, con el océano. (…) Del lado de una mujer queda acceder a su femineidad, atravesar lo que Lacan llamó "el odioamoramiento", ambivalencia del lazo preedípico con la madre. Si una mujer no lo atraviesa, si no se separa y rompe con ese desdoblamiento, no podrá acceder a su femineidad.

Marguerite Duras atraviesa este irreductible por y con la escritura; dice:
"Hoy no quiero a mi madre. Cuando hablo de ella, como ahora, me conmuevo. Pero tal vez me conmueve verme ante ella mi imagen. Al final de su vida, estaba tan separada de mí como yo de ella".