martes, 5 de julio de 2011

“ La entrada en análisis se produce sólo cuando se instala un espacio que permita que el síntoma sobre el que se fundamenta la queja se aloje en un nuevo espacio subjetivo”

Eric Laurent


ANTONIO GONZÁLEZ – MADRID –
19/11/2007 20:00


Eric Laurent (París, 1945) es el máximo responsable de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, entidad que promueve esta disciplina siguiendo la orientación que marcó el psiquiatra francés Jacques Lacan, quien defendió, a su vez, un retorno a las ideas del creador de este método de exploración del inconsciente, Sigmund Freud.

Laurent aboga por un psicoanálisis más accesible y más adaptado a los problemas actuales. El experto promueve los llamados “centros de psicoanálisis aplicado”, presentes ya en Barcelona, Madrid, Málaga y Bilbao, que pretenden hacer llegar esta disciplina a personas que, por razones sociales o económicas, no pueden accedera un psicoanalista.

– Al hablar de psicoanálisis, a todo el mundo le viene a mente Sigmund Freud y su diván… ¿Ha cambiado mucho la disciplina?


Sigmund Freud descubrió el psicoanálisis en la época victoriana, cuando las manifestaciones de la sexualidad eran reprimidas y ni a las mujeres ni a los niños se les atribuía una sexualidad. Freud constató que los trastornos generados por esta prohibición producían síntomas, que eran las grandes manifestaciones histéricas, sobre todo en mujeres.

En nuestra época es justo al revés, hemos pasado de la prohibición a un empuje a tener una vida sexual activa, y casi desde la niñez hasta la vejez hay una presencia de la sexualidad en todos los ámbitos.

La primera consecuencia es que se desplazaron los síntomas histéricos, que hoy casi han desaparecido. El psicoanálisis debe ahora, con un diván modernizado, abordar las patologías contemporáneas con los instrumentos derivados de la revelación freudiana.

– ¿El diván sigue haciendo falta, se utiliza siempre?


La presencia de la imagen es crucial en la sociedad actual; el diván representa el mundo sin imágenes. Freud, que era de tradición judía, conocía la oposición entre el enfoque sobre el texto y el enfoque sobre la imagen, de forma que la representación de la imagen está prohibida para dar la importancia no al cuerpo, sino al inconsciente.

El diván desconecta el sujeto del cara a cara, de la mirada, de todo lo que puede suponer enfatización con los gestos, para pasar al enfoque de la razón inconsciente.


– ¿Quién puede beneficiarse del psicoanálisis?


Empezó en la época de Freud con todo el campo de las neurosis, la histeria o las neurosis obsesivas, pero después ha habido una extensión a patologías infantiles y a las psicosis, que antes condenaban al paciente al internamiento en un hospital psiquiátrico.

Cuando surgió, tras los años cincuenta del siglo XX, la medicación, fue mucho más fácil mantener un diálogo con el sujeto psicótico, y ahora hay una cierta extensión del psicoanálisis a una serie de patologías que incluyen las adicciones en general.


– Otra de las ideas que existen sobre esta terapia es su extraordinaria duración (muchas veces, incluso, puede tratarse de años), y la poca información que recibe el paciente sobre cómo marcha su tratamiento.


Los tratamientos del psicoanálisis siempre han tenido todo tipo de duraciones. Por ejemplo, el mismo Freud publicó el análisis del músico Gustav Mahler, que duró sólo una sesión.

Hay casos que pueden durar unas sesiones y no se necesita más, otros en los que hay una duración determinada, como en los centros de psicoanálisis aplicado abiertos al público, donde es de cuatro meses, pero también hay análisis de larga duración. Pero sea de corta o de larga duración, hay un final, y es cuando el sujeto llega a estar lo bastante satisfecho con su vida.

– Cuándo el paciente identifica lo que motivó su problema, ¿es el momento de acabar el análisis?


Precisamente eso es abierto. Hay un momento en el que se descubre el motivo del problema, y hay sujetos que con esto saben suficiente y lo dejan, pero otros quieren conocer más sobre ellos mismos y sobre la interrogación existencial de la condición humana. Pero siempre hay variaciones y cortes; el psicoanálisis no es un proceso continuo.


– ¿Cree que el psicoanálisis debería formar parte de las prestaciones de la sanidad pública?


Creo que sí; estamos haciendo un esfuerzo para tratar de encontrar un modo de ofrecer una cierta aplicación del psicoanálisis para que los pacientes interesados por esta terapia se puedan tratar dentro de la sanidad pública. También se pueden cerrar acuerdos con los centros de psicoanálisis aplicado, donde con un tratamiento de duración fija podemos ofrecer servicios que son muy apreciados por los pacientes.


– ¿Cómo valora la asistencia psiquiátrica que ofrecen los sistemas sanitarios públicos en la actualidad? ¿No hay un exceso de medicación?


La ultramedicación es hoy en día un problema fundamental, pero al mismo tiempo es una de las consecuencias de los avances de la medicina. Hay que usar los fármacos, sin ninguna duda, pero la distribución de antidepresivos, con protocolo de administración de tres o seis meses sin hablar con el paciente, tiene consecuencias. Hay que evitar los protocolos estrictos de prescripción o la extensión de los fármacos a todos los pacientes, ya que los medicamentos no son una panacea.


– ¿Qué queda por investigar en el campo del psicoanálisis?


Mucho; todo está por saber. Lo que sabemos es una mínima parte del misterio. Creemos que sabemos cómo pensamos, pero queda conocer cómo se articula esto con los afectos y lo que siempre queda en nuestro interior.


– Usted representa al psicoanálisis de orientación lacaniana. ¿Cuáles son sus características principales?


Hay un debate entre los postfreudianos y los lacanianos sobre si el inconsciente se puede considerar como sólo lo que no es consciente. Nosotros creemos que, aunque hay muchas cosas que no son conscientes, como los movimientos involuntarios que impiden caerse al ir en bicicleta, este no es el inconsciente freudiano. La idea es que el inconsciente se estructura como un lenguaje que influye en todo el cuerpo. La orientación lacaniana trata de investigar esto.


– En las facultades, la mayoría de los alumnos aprenden psicología desde la orientación cognitivo-conductual… ¿Está marginado el psicoanálisis?


La psicología experimental trata de marginar o dejar de lado el viejo modelo experimental para inventar nuevas terapias. Creo que esto es producto del momento y que el peso volverá a estar en el otro lado de la balanza.

– ¿Puede tener utilidad el psicoanálisis en personas sanas?

No sé lo que es una persona sana. La gente no va a un psicoanalista si no sufre de algo. El psicoanálisis, como curiosidad, sólo está en los libros.


– ¿Hace falta un psicoanálisis más accesible?


Este es precisamente el objetivo que nos hemos marcado para el siglo XXI, conseguir democratizar el psicoanálisis para que sea más accesible. Creemos que hace falta un psicoanálisis renovado que pueda responder a esta realidad.

martes, 31 de mayo de 2011

ya no quiero respirar tu ausencia

Ya no quiero respirar tu ausencia.

Este tiempo de desencuentro me disipo la duda sobre el amor.

Este no tiempo me indico sin brújula.

El tiempo este no es sin soledad. Acuciante soledad, que alivia la espera.

La espera sin tiempo de espera ya no es espera, solo soledad.

Muerte de la espera, alumbramiento solitario de un ser que se perdió.

Infinito tiempo de matar la espera. Eternidad de un amor sin vos.

¿El amor es sin el otro posible?

El Otro del amor irradicable derrumba la sospecha.

Entre el sujeto y el Otro….la palabra, el objeto.

Hiancia significante.

martes, 31 de agosto de 2010

Asunto: Ambito comunitario: trabajo presentado en Jornadas de la Escuela de la Orientación Lacaniana

Jornadas Escuela de la Orientación Lacaniana
“La era del psicoanálisis líquido”
Por Carlos Gustavo Motta


“…el psicoanálisis se ha vuelto hoy líquido, lo que puede hacer pensar, por asociación libre, que está también li-quid-ado, pero precisamente me detengo allí, digo líquido.
Y veo numerosos testimonios de ello…”
Jacques-Alain Miller.



1.- Tormenta de ideas…ominosas:
El avión estaba completo. Del aeropuerto de Sydney (Australia), el vuelo 815 de Oceanic Airlines, siempre sale a horario. Después de todo ir de Australia a Estados Unidos (Los Angeles) es un viaje con un recorrido extenso y agotador. Volar, siempre volar. Algunos dicen que es el transporte más seguro, a pesar de las tragedias aéreas que se suceden en un año. Los expertos dicen que nunca tantas como las del tren y obviamente menos, las automovilísticas. En ese vuelo hay una prisionero por un delito que no conocemos; un médico que después de muchas tensiones en su profesión, decide tomar un descanso; una joven muchacha con su hermano adolescente; un señor discapacitado; un cazafortunas; un matrimonio japonés que no sabe ni una gota de inglés; una mujer embarazada de siete meses, madre soltera; un matrimonio que lleva más de treinta años de casados…y así seguirá una lista de personas.
Algo extraño ocurre. El avión se desvía 1600 kilómetros de su destino y atraviesa una fuerte turbulencia. Pierde altitud de manera brusca y el avión por efecto de la súbita despresurización se parte en dos.
Los sobrevivientes recaen en una isla, extraña, amenazante, misteriosa, que se supone se encuentra en algún lugar del Océano Pacífico donde ninguna radiofrecuencia tiene alcance.
Así comienza Lost, serie de la cadena norteamericana ABC que lleva ya cuatro temporadas en el aire y que sus productores dieron como fecha de finalización el año 2010.
Todos sus protagonistas son figuras ejemplificadoras para verificar los efectos del encierro, en este caso obligados por un acontecimiento imprevisto. Foucault denominaría a este proceso, efectos de subjetivización.
En estos casos, donde la libertad está puesta en cuestión, deseo aplicar un concepto utilizado por Freud y que aún mantiene toda su vigencia. Me refiero al concepto de lo ominoso, también traducido por lo siniestro.
Su definición es sencilla. El término en alemán es unheimlich
Algo familiar se vuelve inquietante: una representación de lo íntimo y familiar, conocida por un sujeto imprevistamente, se instala de manera inquietante; siniestra; macabra; asustadora; rara; misteriosa; fantasmagórica; y ello enmarca diversas connotaciones.

2.- Del sujeto:
Yo quiero. Yo puedo. Yo prometo. Yo hago.
Yo no cumplo, ni quiero, ni puedo, ni hago.
Maneras discursivas para hacer uso de un pronombre singular. Ambivalencias del Yo. Reino de lo imaginario, sede de la imposibilidad, rechazo de lo intolerable en la mayoría de los casos y en otros, proyección de la mortificación en el exterior.
El Yo se consolida cuando a su lado se le suman identificaciones, ideales, explicaciones posibles que provocan como respuesta un fuerte amor a sí mismo o la posibilidad de amar, no sin antes pasar por la desilusión.
El Yo reina o no, puesto que no está sólo en su conformación psíquica.
Muchos filósofos han entendido al Yo de varias formas: Fichte como un Yo empírico; Kant como un Yo trascendental; Dilthey un Yo ficción; Husserl en un Yo que puede quedar por “fuera” y otro por “dentro; Ortega y Gasset como un Existente, un quien que no excluye la posibilidad de un pensamiento construido por su propia realidad. Lacan hacía referencia a ellos cuando señalaba la concepción preanalítica del yo.
Para el psicoanalista francés, es Freud quien provoca una revolución copernicana expresada de manera precisa por el poeta Rimbaud: Je est un autre (el yo es otro).
Un sujeto no es una persona. Es una construcción que se articula con otros semejantes desde un discurso. Podemos decir que su unidad mínima es el lenguaje. Síntesis brutal para expresar que el inconciente se estructura a la manera de un lenguaje desde la óptica psicoanalítica y desde la óptica social, un sujeto que se relaciona con otros intentando sostener el lazo constituido con sus pares.
Somos testigos privilegiados de la finalización de un siglo y el comienzo de otro: desconfianza e incertidumbre son las variables que tiñen nuestra vida cotidiana. La humillación de la carencia, lo ilimitado de la precariedad, la suficiencia del egoísmo de algunos pocos, construyen al Yo actual, que denomino Yo líquido, parafraseando a los conceptos de “modernidad líquida” del sociólogo polaco Zygmunt Bauman.



3.- Del síntoma a la política del bien decir:
En el contexto de una gran urbe, a los niños pobres o abandonados se los llama chicos de la calle. De acuerdo con el sociólogo Marc Augé, creador del concepto No-lugar, estos niños deambulan por espacios públicos y son quienes recorren estos no lugares. Desde muy pequeños son desalojados de la norma paterna. Así, mientras un niño de clase social media construye su subjetividad en ámbitos donde las variables se circunscriben fundamentalmente al cuidado, los no lugares transitados por los niños de la calle se dirigen a la fractura producto de la precariedad instalada.
La serie norteamericana mencionada al inicio de esta presentación, y que puede tener como connotación principal, el encierro obligado, empalidece al lado de una película argentina dirigida por Leonardo Favio Crónica de un niño solo. Su protagonista, Polín, es el representante del no-lugar. En este último ejemplo, el síntoma aparece como vía de restitución del concepto de lo Inconciente. Conocemos que el Inconciente no miente, la realidad no es lo real, o lo imaginario no es lo imaginado y lo simbólico no tiene nada que ver con el simbolismo.
Por otra parte, con estas diferencias, se construye la verdad del malentendido estructural y estructurante del lenguaje con un axioma lacaniano fácil de inferir: la verdad no puede decirse toda.
Giorgio Agamben en su texto La comunidad que viene señala al hombre actual como desprovisto del lenguaje. Esta precariedad provoca en los lazos sociales la fragilización que se observa en el día a día. Podemos concluir con el párrafo que Lacan señala en el Seminario V Las formaciones del Inconciente: “El deseo es algo que se articula. El mundo donde entra y progresa, este mundo es de aquí, este mundo terrenal, no es tan sólo una Umwelt en el sentido de que ahí se pueda encontrar con qué saturar las necesidades, sino un mundo donde reina la palabra, que somete el deseo de cada cual a la ley del deseo del Otro”

martes, 16 de febrero de 2010

Artículos
Bajar texto en PDF Subjetividad adictiva: un tipo psicosocial instituido
Condiciones históricas de posibilidad
Autor: Ignacio Lewkowicz
Data publicación: Las drogas en el siglo... ¿qué viene? Dobon y Hurtado (compiladores), Buenos Aires, 1999
Perfil:Artículo
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1.¿Cómo es socialmente posible la figura omnipresente del adicto? ¿Cómo es posible que una sociedad no sólo produzca adictos sino que, sobre todo, los instituya como tales, como un tipo reconocido, admitido, predicado y tratado? ¿En qué condiciones socioculturales es posible que la adicción se constituya inequívocamente en institución social? Una perspectiva historiadora puede trazar unas líneas de reflexión sobre algunos puntos de estos problemas generalmente ciegos en su evidencia.

2. Las adicciones constituyen un problema contemporáneo. Lo notorio es que no constituyan sólo un problema local, específico, acotado al campo de intervención de una disciplina particular. La adicción -quizá aun una evidencia ideológica sin concepto riguroso que pueda cubrir la multiplicidad diseminada de sus usos- parece desbordar irremediablemente las capacidades de comprensión y acción de las diversas disciplinas destinadas a sus cuidados. Lo notorio, entonces, es que las adicciones pertenecen "por derecho propio" al campo inespecífico de los problemas sociales. Este reconocimiento general que hace de la adicción un objeto particular de predicación de cualquier discurso, viene a indicar -para la mirada historiadora- que no estamos sólo ante una estructura clínica particular, o en presencia de unos fármacos específicos que alteran las personalidades de las personas, o ante una modalidad delictiva particular. No estamos ante el mero incremento cuantitativo de unas prácticas que llamamos adictivas sino ante la instauración cualitativa de un tipo radicalmente nuevo de subjetividad socialmente instituida.

3. Uno de los principales problemas de la encrucijada actual de las ciencias humanas es el de la articulación de las dimensiones que corrientemente se llaman individual y social. Por las condiciones institucionales y epistemológicas de surgimiento de las psicologías y sociologías, la exterioridad mutua entre ambas dimensiones ha constituido una constante del desarrollo de ambos tipos de disciplinas. Por cuestiones resultantes de método, para las disciplinas psi, lo que suelen llamar "social" tuvo tres modalidades de asunción distintas. En la primera versión, el lazo social se presenta lisa y llanamente como proyección acumulativa de las estructuras y configuraciones psicológicas constitutivas de los individuos: el lazo es la multiplicación de los individuos. En la segunda versión, el conjunto de las configuraciones sociales trabaja como contexto particular que condiciona en exterioridad las posibilidades de realización de lo que es el mundo interno de los individuos. El mundo social no es constitutivo de tal psicología sino que sólo permite o impide la efectuación de tales o cuales tendencias psicológicas que de por sí son independientes de sus posibilidades de realización. En la tercera versión, el peso de las condiciones socioculturales en la constitución psíquica de los individuos se acrecienta, se reconoce, se proclama, pero sin hallar los modos de articulación teórica pertinente: la relación se plantea en términos de influencia cuantitativa.

Desde el campo de las disciplinas sociales tampoco se ha resuelto el enigma -pese a la multiplicidad de observaciones sistemáticas en muy diversas situaciones socioculturales. Los individuos se presentan, en este campo, como puntos de realización particular de las configuraciones sociales en las que habitan. La articulación entre las dimensiones sociales e individuales de los sujetos en cuestión es aún más un requerimiento que una realización. Desde el campo del discurso histórico, el movimiento actual que intenta comprender esa relación se nuclea en torno del nombre aún difuso de historia de la subjetividad.

4. Este largo párrafo metodológico se justifica si permite aclarar la perspectiva que aquí se intenta: no limitar las condiciones sociales al campo de la influencia real sobre individuos ya estructurados. La perspectiva adoptada postula que las condiciones socioculturales específicas en que se despliega la vida de los individuos no es un escenario de realización que condiciona en exterioridad sino que es una red práctica que interviene en la constitución misma de los tipos subjetivos reconocibles en una situación sociocultural específica. Una precisión. La noción de red de prácticas importa aquí en tanto que estrategia discursiva que busca abolir en su operatoria la distinción entre las dimensiones individual y social -en cualquiera de sus versiones-. La abolición de esta distinción no es el resultado de la reunión de unas parcialidades en un todo, sino la institución de otra dimensión: la dimensión inespecífica de las prácticas. Son las prácticas las que producen lógicas sociales, pero también son las prácticas las que fundan subjetividad. En rigor, hay una misma causa capaz de producir efectos de tan diversa naturaleza. En tal sentido, las prácticas no pertenecen ni al campo de lo social no al campo de lo individual, se trata de fuerzas autónomas de esta diferenciación.
¿Por qué vale aquí esta postulación? La figura del adicto -más allá de las configuraciones médicas, jurídicas y psíquicas específicamente detectables- es una figura socialmente instituida, es un tipo subjetivo reconocible. La institución social "adicción" existe porque socialmente es posible la subjetividad adictiva. La adicción es una instancia reconocible universalmente porque la lógica social en la que se constituyen las subjetividades hace posible -y necesario- ese tipo de prácticas.

5. La posibilidad social de la adicción no se limita al par éxito-fracaso social. La modalidad espontánea de remisión de las adicciones a las condiciones sociales supone que la adicción es una respuesta siempre latente en los individuos y las sociedades, que es una tendencia siempre disponible que se activa cuando las condiciones sociales específicas las disparan. El individuo está definido de por sí; la tendencia adictiva está latente. Basta con que socialmente se suministre la dosis pertinente de frustración, escepticismo o desasosiego. Pero si se nos impusiera nuevamente la evidencia de que los fracasos sociales empujan a la salida -siempre disponible- de la adicción, recaeríamos en la lógica de la influencia de las condiciones externas de realización de las tendencias ya constituidas autónomamente en los individuos. La perspectiva propia de la historia de la subjetividad exige suspender este tipo de análisis: no interesan aquí los factores sociales que empujan a la adicción de un individuo -pasible de volverse adicto ya de por sí- sino las prácticas sociales de constitución de una subjetividad en la que la adicción sea una posibilidad siempre dada desde ya. La percepción de una subjetividad adicta no se preocupa aquí por la realización coyuntural de las tendencias adictivas sino por la constitución misma de esa posibilidad. No interesan aquí entonces las causas coyunturales que empujan a la droga sino las que producen una subjetividad amenazada de caer en adicción.

6. No consideramos aquí los factores de realización: dramas personales o familiares, desengaños laborales o expulsiones amorosas, pérdida de ilusiones o de referentes. Tampoco consideramos las condiciones jurídicas que condenan o permiten el consumo y tráfico de sustancias adictivas. Menos aún las configuraciones psicológicas que hacen de un individuo supuestamente autónomo un dependiente en grado sumo. En suma, ni las propiedades de las sustancias, ni las propiedades particulares de los individuos, ni las ocasiones de "caída" serían posibles si el tipo adictivo no estuviera socialmente producido e instituido.

7. Pues es difícil imaginar situaciones sociales en las que no hubiera individuos que excesivamente se aferraran a alguno de los productos ofrecidos por su cultura. Hay siete pecados capitales, y cuatro de ellos -si no todos- pueden leerse en esta clave. Pero lo cierto es que sólo nuestra contemporaneidad realiza esta posibilidad de lectura. Sólo en las condiciones actuales cualquier relación tenaz de un individuo con algún objeto de su cultura es leída bajo el tamiz instituido de la adicción. Nada semejante ocurre en la antigüedad griega. Como se verá, la modalidad establecida de la relación excesiva de un individuo con otro individuo u objeto no se da bajo la institución de la adicción sino bajo la figura emblemática de la esclavitud. Esta modalidad antigua de relación no da lugar a la figura del adicto. La adicción es el cristal actual desde el cual se comprenden las relaciones enfáticas. Las sustancias "generadoras" de adicción cubren todos los rubros: más de siete que incluyen vicios y virtudes (alcohol, sexo, drogas, pero también trabajo). La maligna cualidad adictógena no sólo está en las cosas malas sino también en la pureza de las nobles cosas. Todos somos en potencia adictos. Somos adictos, en potencia, a todo. La amenaza es universal y ubicua.

8. Que el adicto sea una figura instituida significa que, por un lado, es efecto de unas prácticas sociales de producción de subjetividad; por otro, que el efecto es universalmente reconocible. La figura del adicto es un tipo psicosocial porque es reconocible, está tipificada, es objeto de predicación y objeto de cuidados sociales; en definitiva, porque brinda una identidad capaz de soportar el enunciado de virtud ontológica: soy adicto. La identidad adictiva es el índice de existencia de una subjetividad instituida. De donde se deriva que la adicción no sólo es un riesgo de la configuración social actual, sino la amenaza contra la cual hay que organizar una serie de cuidados casi microscópicos.

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Palabras clave: Subjetividad adictiva
Última revisión:07-04-03