Interrogar al siglo XXI desde el psicoanálisis nos lleva a preguntarnos cual es el futuro de la profundización de los efectos del capitalismo en la estructura humana. Interroguemos acerca de la existencia o no de nuevas formas del malestar en la cultura: ¿Que ha pasado en los últimos 100 años? ¿Son los ataques de pánico alguna de las nuevas formas del malestar del siglo? ¿Cuáles son los efectos del discurso capitalista sobre la vida contemporánea? Hagamos entrar al psicoanálisis con estas preguntas en interlocución con nuestra época.
Preguntémonos cuales son las consecuencias de las nuevas formas que toma el “malestar en la cultura”. ¿A qué llamamos malestar en la cultura? Nombremos de este modo a la insatisfacción o imposibilidad de satisfacción absoluta para cualquier humano y agreguemos que hay más malestar cuanto más se quiere desconocer esta imposibilidad de satisfacción. En la actualidad este malestar se debate entre lo que constituye los modos del autismo del siglo y el estatuto de lo individual en el neoliberalismo de esta época.
¿Son los ataques de pánico una novedad de este siglo? No, pero parece haber un incremento. En principio resulta necesario diferenciarlo del miedo, mientras éste se refiere a un objeto, en el pánico no se trata de un miedo a algo. En el pánico tenemos a alguien en ese momento sin ninguna relación a sus propios recursos. Si no hay recursos, hay inermidad, y también podríamos decir un sentimiento de absoluta ausencia del cuerpo propio en ese momento. No se trata de miedo a un objeto – como ya dijimos - sino a “todo”, ya que todo lo que se da por existente ha quedado del lado del Otro, en la época de la inexistencia del Otro. El Otro está más presente que nunca – en el sentido de lo otro que uno – toma su máxima consistencia y esto lo deja abrumado y solo, solo de sí sin disponer de sus propios recursos.
Interroguemos con Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, el estatuto del líder y de la extranjeridad. La pregunta por el líder implica preguntarse por el estatuto mismo de la realidad, que está puesto en cuestión por la ciencia. Ahora el criterio predominante para ubicar lo verdadero es la imagen. Hemos pasado en la cultura de los liderazgos a la tiranía de la imagen, del enemigo extranjero a internet hay un borramiento de fronteras; recordemos que una condición del enemigo es la ubicación de territorios. Hay un borramiento de los liderazgos en tanto que ya no se trata de quienes sostienen esas ideas y cuales son esas ideas, sino de lo que se va orientando por el mercado como lider: el poder es anónimo y lo tiene el mercado – rasgo propio del capitalismo – que está ahora en su máxima expresión. Con lo antedicho y retomando la propuesta freudiana podemos decir que el pánico podría relacionarse en alguna medida con la pérdida de estatuto de los líderes y de la extranjeridad.
Ha habido un recorrido en la cultura – si recordamos a Regis Debrays – en relación a la imagen desde la pintura a la fotografía y de allí a la televisión. Un recorrido que va de lo fijo a lo móvil, de lo escrito a la imagen que va más allá de las diferencias del lenguaje: pueden comprenderse las imágenes de la televisión sin el sonido de éste. Transitamos el tiempo del “fin de la historia”. No más fines, sólo medios, medios masivos, el imperio es la televisión, versión privilegiada de la historia en la época del “fin de la historia”: hay simultaneidad, un exceso con la simultaneidad, el registro coincide con el hecho.
Interroguemos al estado contemporáneo.¿Cómo describiríamos al estado contemporáneo?: desfalleciente, no es un estado protector. El desfallecimiento del estado es una oportunidad para apostar del lado del sujeto. Respecto de este siglo hay dos caminos, la queja o la ubicación de una oportunidad para el sujeto.
Demos un paso más y digamos que el psicoanálisis plantea que no hay una realidad en sí y una apariencia, sino que habitamos una realidad ficcional. Pero esta ficcionalidad no es imaginaria solamente sino que en ella participa como tres ordenes constitutivos de lo humano, lo real, lo imaginario y lo simbólico anudados, entrelazados, amarrados, en el cuerpo. El sujeto se aloja en esta ficción, podríamos decir que un imaginario constituído por imágenes simbólicas que tienen relación a lo real y entonces allí tenemos los tres ordenes anudados que constituyen lo que es la realidad. En el momento del pánico hay un sujeto desalojado, sin un imaginario que lo aloje, sin ficcionalidad.
La ficcionalidad que produce alojamiento en el mundo para alguien es imaginaria y simbólica, no sólo imaginaria y se constituye por un juego de presencia y ausencia, de ocultamiento y desocultamiento. Esta alternancia ha quedado conmovida desde el siglo pasado, con el exceso de presencia, falta de ausencia, una imagen hipnotizante que tiene una presencia permanente, podríamos decir excesiva. Tomemos como ejemplo el video clip, una hipnotizante sucesión de imágenes que no da respiro, en tanto es pura sucesión de imágenes.
Ubiquemos a la globalización mediática como productora de lo efímero, más aún, lo efímero como un rasgo del siglo. Al predominio de la imagen del lado del exceso de desocultamiento le corresponde la caída de la imagen en tanto simbólica, he allí entonces lo efímero: un imaginario que no aloja al sujeto, le dificulta sentir que tiene “un lugar en el mundo”. El otro social está más presente que nunca, más visible que nunca, hay menos alternancia del ocultamiento – desocultamiento, respecto de lo cual podría vaticinarse para el futuro diversas apariciones del ocultismo, que no oculta ni desoculta. Hay necesidad de lo oculto, o mejor dicho de la alternancia entre lo que se oculta y lo que se muestra.
¿El pánico es un afecto o es el fracaso de los afectos? Digamos que es el fracaso de los afectos, hay un sentimiento de aniquilación. Se trata de un sujeto desalojado del mundo en ese momento, entonces podríamos decir fuera del tiempo y el espacio o sin tiempo y sin espacio. Esto tiene como consecuencia no contar con un cuerpo propio, que es la sede en la que se anuda – como ya fue dicho – lo que es real, lo que es lo imaginario y simbólico.
Hay una práctica analítica, cuya oferta no se dirige especificamente a los ataques de pánico, sino a responder a la demanda de alguien que sufre padecimientos respecto del cuerpo y del pensamiento, como dijo Lacan hablando de la cura. Da cuenta de una oferta que se dirije a la posibilidad de otra oportunidad para un sujeto. Desde lo absolutamente necesario escuchable en las teorías de “destino” de los humanos, es decir del “siempre me pasa lo mismo”, hacia la posibilidad de otra opción que no es ni más ni menos que la rectificación de esa idea de destino, otro destino es con destino. Entonces diríamos que se trata de la introducción de alguna variedad respecto de lo que se reitera, es decir de lo que es de un único modo, a la manera de ese “siempre me pasa lo mismo”. Dicha variedad tiene que ver con la introducción de contingencia como la posibilidad de una variación – puede que sí, puede que no acontezca lo mismo – hay otra posibilidad, hay posibilidad de variedad; Lacan habló de la “varidad” en el Seminario XXIV.
Recordemos a Heidegger cuando habla de la época como el modo que tenemos de transitar el propio tiempo. Respecto del incremento del pánico podemos decir que presentifica otra idea de la errancia humana, más desalojada, sin destino, sin lugar, sin época: con un exceso de insidencia del mercado. Este desalojamiento de lo imaginario implica “sin tiempo y sin espacio”, el tiempo como efímero y la pérdida del destino. El hombre de este siglo acosado por la puntualidad de la imagen se queda sin tiempo y acosado por el mercado se queda sin destino.
Hay una oposición entre el mercado y el destino o lo epocal, la manera en que el siglo fagocita una imagen de destino o de época favorece la imposibilidad de circular por el mundo, entonces allí ubicamos el “sin destino y sin época”.
En vez del destino en la cultura, destino en el sentido de designio, están los objetivos del mercado, construídos en relación a los medios masivos.
Este desalojamiento de lo imaginario implica pérdida del destino sin tiempo y sin espacio, por la puntualidad de la imagen, está aquí el final de la historia, sólo hay registro de los hechos, el tiempo como efímero y la pérdida del destino.
En la lógica colectiva de este siglo de cultura globalizante, en este momento, sin embargo el sujeto tiene como posibilidad encontrarse más radicalmente frente a su autoría como sujeto. He aquí una oportunidad y no la queja.

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